Cuando Coco llegó a casa con apenas dos meses, yo pensaba que educar a un perro consistía básicamente en enseñarle algunas cosas: que hiciera pipí donde correspondía, que se sentara, que viniera cuando lo llamábamos, que no mordiera, que aprendiera a pasear con la correa y, en definitiva, que entendiera qué podía y qué no podía hacer.
Lo que no sabía entonces era que, durante ese proceso, probablemente iba a tener que aprender yo muchísimo más que él.
Coco es un perro intenso, con muchísima energía, curioso, juguetón y muy cariñoso. Pero también es reactivo. Puede ladrar cuando ve otros perros, bicicletas, patinetes, motos o determinadas personas; también cuando alguien llama a casa o escucha algo que le activa.
Cuando convives con un perro así, los paseos dejan de ser simplemente salir a caminar. Empiezas a mirar quién viene por la siguiente esquina, a anticiparte a determinadas situaciones y a intentar captar su atención antes de que algo provoque una reacción. Reconozco que ha habido momentos en los que me ha resultado agotador, pero también ha sido precisamente eso lo que me ha llevado a interesarme por el comportamiento canino.
Cuando entendí que no todos los adiestramientos son iguales
Coco tenía unos tres meses cuando decidimos acudir a un adiestrador. Queríamos hacerlo bien desde el principio y, teniendo en cuenta que era un cachorro con una energía que parecía no agotarse nunca, pensamos que lo mejor era buscar ayuda profesional para aprender a educarlo.
Estuvimos aproximadamente dos meses y aquella experiencia, aunque finalmente decidimos no continuar, me sirvió para descubrir algo que desconocía por completo: no existe una única manera de educar a un perro.
Hay formas de adiestramiento mucho más centradas en la obediencia y en corregir la conducta. El objetivo es conseguir que el perro haga aquello que se le pide y deje de hacer lo que consideramos inadecuado.
Con el tiempo empecé a descubrir otro enfoque que me resultó mucho más interesante. En lugar de centrarse únicamente en conseguir que el perro deje de hacer algo, intenta comprender por qué lo está haciendo.
Parece una diferencia pequeña, pero para mí cambió por completo la forma de mirar a Coco. Porque detrás de un comportamiento puede haber miedo, frustración, excitación, inseguridad, estrés, sobreestimulación o simplemente una situación que el perro todavía no sabe gestionar. Conseguir que una conducta desaparezca no significa necesariamente haber solucionado aquello que la estaba provocando.
Yo no quiero que Coco me obedezca por miedo
El enfoque basado principalmente en imponer obediencia no va conmigo ni con la relación que quiero tener con Coco.
Por supuesto que quiero educarlo. Me encantaría poder pasear tranquilamente con él, cruzarnos con otro perro sin montar un espectáculo en mitad de la calle, conseguir que no ladre a todo lo que pasa por delante del balcón y poder abrir la puerta de casa sin que parezca que se aproxima el fin del mundo.
Pero no quiero conseguirlo a cualquier precio ni me interesa que deje de hacer determinadas cosas simplemente porque tenga miedo de lo que ocurrirá si las hace. Prefiero intentar comprender qué le está pasando y trabajar desde ahí, aunque probablemente sea un proceso mucho más lento.
Por eso empecé a buscar otras alternativas y a aprender de otros profesionales a través de Internet, cursos y cuentas especializadas. Poco a poco también he empezado a observar mucho más a Coco y a fijarme no solamente en lo que hace, sino en lo que ocurre antes y después de ese comportamiento.
Seguimos muy lejos de tenerlo solucionado, pero mi manera de afrontar el problema es completamente diferente a la que tenía cuando llegó a casa.
Descubrimos que Coco acumulaba mucho estrés
Una de las cosas que más me sorprendió durante este proceso fue descubrir la importancia que puede tener el estrés en el comportamiento de un perro. Hasta entonces yo asociaba el estrés con algo bastante evidente: imaginaba a un perro visiblemente nervioso ante una situación concreta y poco más.
Sin embargo, he ido aprendiendo que puede existir una acumulación de activación y que esta no desaparece necesariamente en cuanto termina aquello que la ha provocado. En el caso de Coco, empezamos a darnos cuenta de que llegaba a acumular bastante y eso hizo que algunos de sus comportamientos empezaran a tener más sentido para nosotros.
Ya no se trataba únicamente de pensar que Coco ladraba muchísimo. Empezamos a observar qué había ocurrido antes, cuánto había descansado, qué estímulos había encontrado durante el paseo, qué situaciones había vivido ese día o cómo estaba en general.
Eso no hizo desaparecer sus reacciones, evidentemente, pero sí consiguió algo importante: empecé a mirar al mismo perro de otra manera.
Olfatear también forma parte del paseo
Otra de las cosas que he cambiado durante este proceso es mi forma de entender los paseos. Antes podía pensar que un buen paseo era aquel en el que caminábamos bastante y Coco hacía suficiente ejercicio como para llegar cansado a casa.
Ahora entiendo que el paseo es mucho más que recorrer kilómetros y que olfatear también forma parte de lo que necesita. Por eso intento dejarle tiempo para investigar el entorno, aunque eso signifique que algunos días avancemos poquísimo porque el señor Coco ha decidido que un determinado arbusto requiere una investigación exhaustiva de cinco minutos.
Antes probablemente habría tirado suavemente de la correa mientras le decía «venga, Coco» para continuar caminando. Ahora intento respetar mucho más esos momentos porque el paseo es suyo.
Morder, lamer y olfatear para ayudarle a bajar revoluciones
También hemos ido incorporando algunas actividades en casa. Una de ellas es ofrecerle oportunidades para morder, algo que además le encanta. Utilizamos determinados mordedores, huesos o palos de madera adecuados para perros con los que puede pasar un buen rato entretenido.
También hacemos actividades relacionadas con el olfato y utilizamos algunas opciones en las que tiene que lamer. Son recursos muy sencillos que hemos incorporado poco a poco a nuestra rutina y con los que hemos observado que, en determinados momentos, consigue quedarse bastante más tranquilo.
Eso sí, tampoco quiero convertir esto en la típica historia de Internet en la que descubrimos tres técnicas, las aplicamos durante una semana y mágicamente tenemos otro perro. No ha sucedido.
Coco sigue siendo reactivo y todavía tenemos mucho trabajo por delante.
Seguimos teniendo paseos difíciles
Hay días en los que nos cruzamos con algo que normalmente habría provocado una reacción y pienso: «¡Qué bien lo ha hecho!». Y después llega otro paseo en el que parece que hemos retrocedido diez pasos.
Todavía ladra, todavía hay situaciones que le superan y nosotros tampoco sabemos gestionarlas siempre correctamente. Yo también cometo errores. A veces reacciono demasiado tarde y otras soy yo la que se pone nerviosa anticipando lo que puede ocurrir.
Y hay días en los que simplemente estoy cansada y me gustaría salir a pasear sin tener que estar pendiente de todo.
Creo que esto también es importante contarlo porque convivir con un perro reactivo puede resultar difícil. Puedes querer muchísimo a tu perro y, al mismo tiempo, sentirte agotada por algunos de sus comportamientos. Una cosa no invalida la otra.
Ya no veo un perro que «se porta mal»
Probablemente este sea uno de los mayores cambios que he hecho desde que Coco llegó a nuestra vida. Antes veía determinados comportamientos y pensaba que tenía que enseñarle a no hacerlos. Ahora intento retroceder un poco más y preguntarme qué puede estar sintiendo o qué está ocurriendo para que necesite reaccionar de esa manera.
No siempre conozco la respuesta. De hecho, muchísimas veces no tengo ni idea y sigo necesitando aprender. Pero hacerme esa pregunta ya ha cambiado mi forma de relacionarme con él.
No quiero limitarme a conseguir que deje de ladrar si no entiendo qué provoca ese ladrido. Tampoco necesito tener un perro perfecto que camine pegado a mi pierna y jamás reaccione ante nada. Lo que quiero es que Coco vaya adquiriendo poco a poco más herramientas para gestionar aquellas situaciones que ahora mismo le superan.
Y, para conseguirlo, nosotros también tenemos que aprender a dárselas.
Nos queda muchísimo camino
Escribi esto mientras seguimos en medio del proceso, aprendiendo sobre comportamiento canino, gestión emocional, necesidades, descanso, olfato y todas esas cosas que ni siquiera sabía que acabarían formando parte de mis búsquedas habituales cuando decidimos adoptar un cachorro.
Vamos probando, observando qué le funciona y descartando aquello que no nos encaja. Porque otra de las cosas que he aprendido es que cada perro es diferente y que difícilmente existe una receta de cinco pasos que funcione exactamente igual para todos.
Quizás dentro de un año vuelva a leer este artículo y descubra que algunas de las cosas que ahora hago o pienso han cambiado completamente. Ojalá sea así, porque significará que hemos seguido aprendiendo.
Todavía nos queda un largo camino con la reactividad de Coco, pero estamos en ello.
PD: Si acabas de conocerlo y quieres saber quién es este pequeño terremoto y cómo acabó formando parte de nuestra familia, aquí puedes conocer la historia de Coco.
Este artículo cuenta únicamente nuestra experiencia personal con Coco y lo que nosotros estamos aprendiendo durante el proceso. No soy educadora canina ni veterinaria. Si tu perro presenta problemas de reactividad, miedo, ansiedad o conductas que te preocupan, consulta con un profesional cualificado que pueda valorar vuestro caso de manera individual.




